La humanidad ha intentado explicar los comportamientos, personalidades y temperamentos de las personas desde hace miles de años. Hoy, con las redes sociales, creemos que hemos descubierto algo nuevo. ¿Es así?

Hay personas que en una reunión pequeña hablan con fluidez, hacen reír a todos y proponen ideas sin parar; sin embargo, en una recepción con desconocidos horas más tarde, responden con monosílabos y se notan incómodos. En redes sociales, ese patrón de comportamiento circula hoy bajo el nombre de otrovertido: alguien que no se siente plenamente introvertido ni plenamente extrovertido, sino que parece moldearse según el contexto.
Este concepto fue propuesto por el psiquiatra Rami Kaminski en su libro The Gift of Not Belonging (2025), donde lo define como una orientación propia: el otrovertido no dirige su energía hacia adentro como el introvertido ni hacia afuera como el extrovertido, sino hacia otro lugar —la independencia, la observación y la claridad—.
Para la psicóloga clínica Eliana Kronfly, con más de 30 años de experiencia en consulta: «Una persona con temperamento otrovertido dirige toda su energía hacia las otras personas. No encaja en ninguno de los dos ámbitos: no es introvertido ni extrovertido. Es selectivo en sus conexiones, creativo, visionario, y conecta ideas y perspectivas diferentes». Sin embargo, aclara que se trata de una característica innata, no de una elección, ya que no se escoge ser así, sino que se nace con ese temperamento.
El término aún no tiene respaldo clínico ni académico formal, pero sí tiene a muchas personas que se reconocen en él —especialmente por lo que ven en redes sociales— y, por ello, pueden llegar a consulta adoptando esa u otra etiqueta como parte de su identidad.
El problema no es la curiosidad, sino lo que viene después
La explosión de contenido sobre salud mental en plataformas como TikTok, Instagram o X ha reducido los estigmas, ha facilitado conversaciones antes silenciadas y ha llevado a personas que de otro modo no habrían buscado ayuda. El otrovertido nació bajo ese contexto y ha logrado posicionarse entre muchas personas ya que, por primera vez, se sienten descritas con precisión.

No obstante, la misma dinámica tiene una cara oscura que la investigación ya está documentando con preocupación. Las personas son entre cinco y once veces más propensas a autodiagnosticarse incorrectamente a través de redes sociales que a identificar con precisión su condición, según datos del Harvard Petrie-Flom Center (2025).
El problema no es que la gente busque información; el problema es lo que ocurre cuando esa información reemplaza la evaluación profesional en lugar de motivarla.
Un estudio reciente publicado en Acta Psychologica encontró que el autodiagnóstico en redes puede volverse una profecía autocumplida, debido a que el individuo empieza a interpretar sus dificultades exclusivamente a través del lente del término que adoptó, lo cual puede perpetuar y agudizar síntomas reales.
En ese sentido, la doctora Kronfly es enfática: «Ninguna de las descripciones en redes sociales reemplaza una terapia. La terapia tiene que ser juiciosa, con entrevistas estructuradas, aplicación de pruebas e historia de vida para poder hacer un diagnóstico. En un proceso terapéutico, lo más importante es identificar qué es lo que está pasando, que el paciente reconozca en qué estado está y, juntos, mediante herramientas terapéuticas, podamos trabajar en la modificación de conductas».

Cómo los rótulos distorsionan la percepción de pacientes y clínicos
La intención de la psicología siempre ha sido entender por qué las personas se comportan como se comportan. Desde los cuatro temperamentos descritos por Hipócrates y Galeno y más tarde replanteados por Descartes—colérico, sanguíneo, flemático y melancólico—, pasando por Carl Jung y Hans Eysenck en el siglo XX, hasta el otrovertido de Kaminski hoy, la humanidad no ha dejado de buscar categorías que expliquen la diversidad humana. El problema no es la búsqueda; es creer que una etiqueta nueva equivale a un conocimiento nuevo.
La teoría del etiquetado lleva décadas documentando que los diagnósticos y las etiquetas en general no son neutras: modifican la manera en que el individuo se percibe a sí mismo y la manera en que otros lo tratan. Un experimento de la Universidad de Bath lo demostró de forma contundente: a un grupo de terapeutas se les mostró el mismo video de un paciente, pero a unos se les informó previamente que tenía un diagnóstico de trastorno límite de la personalidad y a otros no. Los que recibieron esa etiqueta evaluaron al paciente de manera significativamente más negativa, aunque el comportamiento que vieron era idéntico. Lo que cambió su juicio no fue lo que observaron, sino lo que les dijeron antes de mirar.
Eso es exactamente lo que ocurre cuando un paciente llega a consulta ya auto-definiéndose como otrovertido: la etiqueta puede orientar y limitar la mirada clínica antes de que empiece la evaluación. Un paciente que ha construido parte de su identidad alrededor de ese término puede resistir, sin saberlo, intervenciones que le ayudarían a funcionar mejor.
La implicación para la consulta: la etiqueta no es el diagnóstico
Los profesionales de la salud deben tener en cuenta los siguientes aspectos concretos:
No permitir que términos como otrovertido cierren la evaluación antes de que empiece
La flexibilidad situacional en el comportamiento social es normal y adaptativa en la mayoría de los casos, pero cuando esa variabilidad viene acompañada de agotamiento crónico, evitación sistemática, anhedonia, alteraciones del sueño o deterioro funcional, el diagnóstico diferencial no puede sustituirse por una autoidentificación de redes. El paciente que llega convencido de que es otrovertido puede estar describiendo, sin saberlo, ansiedad social, burnout o indicios de una condición del neurodesarrollo.
Si el paciente pregunta directamente sobre el término, lo más adecuado es convertir esa pregunta en el punto de entrada clínico
No se debe validar ni rechazar, se debe preguntar ¿qué leyó?, ¿qué escuchó?, ¿por qué sintió que lo describía?, ¿desde cuándo se siente así?, ¿en qué situaciones le genera malestar?, ¿esto le ha afectado en su vida cotidiana o en sus relaciones? El objetivo no es corregirlo sino acompañarlo a ir más allá del rótulo.
Recordar que la personalidad es dinámica y modificable
Una etiqueta que hoy le da sentido a un paciente no debería convertirse en el techo de lo que puede llegar a ser. El proceso terapéutico —con entrevistas estructuradas, pruebas e historia de vida, como señala la doctora Kronfly— es lo que permite distinguir un rasgo de personalidad de algo que requiere atención para trazar desde ahí un camino real de trabajo conjunto.

Historia de la ciencia detrás de la personalidad
Siglos V-II a. C.- Hipócrates y Galeno Clasificaron la personalidad en cuatro temperamentos: colérico y sanguíneo (rasgos extrovertidos) y flemático y melancólico (rasgos introvertidos). Esta teoría dominó durante siglos, aunque la medicina moderna no la reconoce como válida.
Siglo XX – Carl Jung y Hans Eysenck: Jung acuñó formalmente los términos extroversión e introversión, asociando al extrovertido con lo social y al introvertido con el mundo interior. Eysenck los estudió científicamente como los dos grandes polos de la personalidad.
1923 – Edmund Smith Conklin definió el término ambivertido: personas que combinan rasgos de ambos extremos y se adaptan con fluidez a distintos entornos.
2013 – Adam Grant (Wharton, 2013) demostró posteriormente que los ambivertidos tienen ventajas en el ámbito laboral por equilibrar liderazgo y escucha.
2025 – Rami Kaminski El psiquiatra Rami Kaminski propuso el concepto de otroversión en su libro The Gift of Not Belonging (2025) para personas que no encajan en ninguno de los extremos ni en la zona intermedia, sino que se orientan hacia la independencia y la no pertenencia grupal.
Características de una persona otrovertida
El otrovertido no es introvertido ni extrovertido, tampoco ambivertido. Es una orientación propia que, según el doctor Kaminski y la psicóloga Eliana Kronfly, se expresa así:
En lo social
- Prefieren conexiones profundas de uno a uno, no los grupos grandes.
- Son sociables y empáticos, pero no sienten pertenencia grupal.
- Pueden moverse entre el silencio profundo y la charla abierta según el contexto.
En lo emocional y cognitivo
- Son creativos, visionarios y conectan ideas de perspectivas muy distintas.
- No buscan aprobación externa ni validación del grupo.
- Son selectivos en sus vínculos: pocos, pero intensos y significativos.
En el trabajo y la vida cotidiana
- Se adaptan a distintos entornos, pero sin anclarse a ninguno.
- No encajan fácilmente en equipos con dinámicas colectivas forzadas.
- Pueden ser malinterpretados como distantes, cuando en realidad son muy observadores.
Figuras históricas referentes según Kaminski: Frida Kahlo · Albert Einstein · Franz Kafka · Virginia Woolf
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Bibliografía
Kaminski, R. (2025). The Gift of Not Belonging: How Outsiders Thrive in a World of Joiners.









